La adoración del Niño Jesús es adoración de la Eucaristía

La Adoración del Niño Jesús es sin duda una poderosa metáfora de la obra interior. De hecho, para el cristiano no es sólo un símbolo, sino una contemplación de un hecho sobrenatural real,de una presencia viva. Una presencia que debe nacer en nosotros y luego crecer para hacernos adultos en el Reino de los Cielos: imperocíe oportet crecer, me autem minui (Jn 3, 30).

Nuestra conciencia es literalmente el pesebre en el que el Niño Divino pide nacer. El, por medio del vagabundo de San José y Maris SS., busca un lugar para llegar a ser carne y morar. El mundo, sin embargo, lo rechaza y no lo reconoce: et mundus eum non cognóvit. Pero a los que le acogen da el poder de convertirse en Hijos de Dios: Quotquot autem recepérunt eum, dedit eis potestátem fílios Dei fíeri.

En la meditación sobre“Comunión con María”,publicada en nuestra página web, la práctica constante de la que recomendamos encarecidamente, esta conexión entre la Natividad y el trabajo interior se hace evidente. Por eso oramos a María, mediadora universal,para que se complazca de venir y morar en nosotros para que podamos acoger dignamente a su Hijo amado, que de otra manera sería recibido en un corazón manchado e inconstant, que en la primera oportunidad podría disgustarlo, o incluso ofenderlo seriamente.

Otro vínculo que aparece claro en esta meditación es el que existe entre el Niño Divino y la Eucaristía. En efecto, en cada celebración eucarística, la Natividad se repite en nosotros y en Jesucristo, a través de María SS., con inmenso sacrificio, desciende a nuestras oscuras cavernas y llega a morar en nosotros como presencia real. En resumen, existe una identidad esencial entre la adoración de la Natividad y la adoración del Santo Sacramento en la medida en que ambos contemplan presencia real. Somos los humildes pastores que venimos a adorar. Somos los esclavos en la puerta del palacio del Rey, donde está en conversación con la Reina: le pedimos que lo adore profundamente por nosotros, que lo ame perfectamente, que lo abrace y le dé múltiples homenajes en espíritu y verdad como se merece y como ella sola es capaz de hacer, mientras que la espesa oscuridad de nuestras mentes ni siquiera nos permite saber imaginar.

Teniendo en cuenta lo anterior, entendemos la importancia, en la medida de lo posible, de recibir a este invitado real dignamente. Hagamos aquí referencia al hecho de que hoy se descuida y se indigna abiertamente lo sagrado de estos dos aspectos. Desgraciadamente, se podrían dar muchos ejemplos, pero mencionaremos, uni per tutti, el belén ofensivo y blasfemo de la Plaza de San Pedro, para el que os invitamos a leer las palabras de Monseñor Viganá y, en lo que se refiere a la Eucaristía, al hábito, lamentablemente ahora consolidado por años de deseducación, de recibir la Santa Comunión en las manos y sin ninguna reverencia externa. Esto denotó el absoluto desconocimiento de a quién recibes realmente en el momento de la Eucaristía.

Como dijo el cardenal Caffarra, arzobispo de Bolonia, el 27 de abril de 2009 (Prot. 2224 Trt. 1 Fase. 6 Anno 2009 – de la Cancillería Arzobispada) sobre el problema de la profanación:

La piedad y la veneración interior con la que los fieles se acercan a la Eucaristía se manifiesta también externamente en la forma en que reciben el Pan consagrado.

En efecto, debemos reconocer que, lamentablemente, se han repetido casos de profanación de la Eucaristía, aprovechando la oportunidad de acoger el Pan consagrado en la palma de nuestras manos, sobre todo, pero no sólo, con ocasión de grandes celebraciones o en grandes iglesias que son objeto de paso por numerosos fieles.

Por esta razón es bueno vete el momento de la Santa Comunión (…)
La Eucaristía es, de hecho, el bien más preciado que la Iglesia conserva, la presencia viva del Señor resucitado; Todos los fieles deben sentirse llamados a hacer todo lo posible para que esta presencia sea honrada ante todo con la vida y, luego, con los signos externos de nuestra adoración.

(…) Entonces recomendamos a todos los sacerdotes que insérense al pueblo encargado de la necesidad de estar en la gracia de Dios para recibir la Eucaristía y el gran respeto debido al sacramento del altar: con catequesis, predicación, celebración cuidadosa y amorosa de los Santos Misterios, educando a los fieles para adorar al Dios hecho hombre con la actitud de vida y con la participación cuidada en todo momento , también en gestos, en la Mesa del Señor.

Por último, instamos a los fieles a hacer todo lo posible para hacer la Eucaristía, fuente y culminación de toda la vida cristiana, cada vez más amada y venerada, reconociendo en ella la presencia misma del Hijo de Dios entre nosotros.[1]

En esta Santa Navidad oramos, meditamos y adoramos, para hacernos penetrar cada vez mejor por el misterio de la presencia de Nuestro Señor Jesucristo entre nosotros. Hagámoslo también externamente para dar testimonio en un mundo que no lo quiere y no lo reconoce. Y oremos para que los sacerdotes regresen por primera vez, como los pastores de Belén que primero lo adoraron, para vivir este misterio y transferirlo a su rebaño, que hoy parece verdaderamente dejado a merced de las ferias.


[1] Cit. por Giafranco Amato – El perdón de Agatha Christie – Fe y cultura, p.75-76

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